Nunca antes había tenido una sensación tan desagradable. Tanto que solo puedo definirlo como terrorífico.
Fue mucho peor que enfrentarme a la peor de mis fobias, más aterrador que una pesadilla febril y más terrible que lo que mi imaginación pudo suponer nunca.
Y es que no había nada, ningún motivo, ninguna razón… Solo ese horrendo sentimiento que me paralizó. Y no entendía por qué, de dónde venía, a qué se debía….
Estaba haciendo lo mismo que todos los días durante más de un año a esa hora. Era una situación conocida, controlada, rutinaria, sencilla… ¿Por qué tenía esa horrible sensación?
Resulta que el momento más aterrador que he sentido nunca me lo provocaba yo misma. Era algo que nacía de mi interior, sin tener en ese momento ningún sentido y sin que pudiera controlar.
Era tan terrible que llegue a cerrar los ojos esperando el fin último, sin tener ni idea de cómo echar fuera aquello que me paralizaba y me hacía sentir tan terriblemente asustada que no me importaba si ahí se quedaba todo.
Pero volví a abrir los ojos. Y volví a reconocer la situación rutinaria y sencilla de todos los días. Y jadeando por el sofoco, llorando por el miedo y nerviosa por el desconcierto volví a respirar, a coger aire y soltarlo mientras intentaba olvidar esa sensación de terror máximo que acababa de experimentar.
Y cuando conseguí calmarme en un lugar que me hacía sentir segura intenté descifrar qué había pasado. Lo cual no me consolaba sino que me llegaba a asustar todavía más, porque había sido yo quién generó todo aquello de la nada, porque me había puesto en una situación límite a mi misma y había rozado la catástrofe siendo yo la única responsable.
Así fue como viví el terror más espantoso que hoy recuerdo y, gracias a él, pude reaccionar a tiempo para no volver a sentir ese pánico terrorífico e irracional que espero no volver a experimentar nunca más.
