Amanece despejado y sin viento, una mañana perfecta para dar un paseo, activar el cuerpo y despejar la mente.
Bonita mañana en la que el frió se siente y también se ve. Frío que se dibuja entre los árboles y los rayos del sol y sobre la hierba.
Y aunque el invierno todavía no ha empezado ya se intuye en estas mañanas frescas y estos días más cortos.
El invierno trae frío, frío que se ve, y con él aumenta la soledad. Porque en invierno la soledad es más intensa, más cruel, más profunda… O simplemente así se siente.
Después del jolgorio del verano cuando siempre hay con quién estar y hacer, llega el invierno y su calma, las rutinas… Y aumenta la necesidad de compañía y cobijo para pasar de forma dulce el frío. Porque el frío en soledad es triste, largo y agotador. Y la añoranza de calor hace que la soledad llegue a doler.
Como el invierno, será pasajero, llegará la primavera y los días más templados, pero ahora que el frío se comienza a ver lo miro sólo de reojo, porque sé que en su belleza se esconde el peso de la soledad, esa de la que de vez en cuando me olvido, pero que en invierno es difícil disfrazar.
