Vuelco al corazón

Todo esta bien. Es un día rutinario transcurriendo con normalidad: despertar, trabajo, comida, recados… Nada destacable. Pero hay un detalle, una tontería que casi pasa desapercibida pero… La ves y es instantáneo: notas un gran vuelvo de tu corazón.

De repente, pasas de la tranquilidad al desasosiego más agobiante, los ojos se te llenan de lágrimas, la respiración se acelera, sientes una presión en el pecho… Y no puedes dejar de mirar ese detalle, esa tontería.

Ya nada importa, solo ese detalle y todas las dudas que te asaltan en la cabeza. Porque no sabes realmente que pasa, solo tienes ese detalle que puede ser causado por tantas cosas… Pero tu cabeza solo puede ponerse en lo peor.

La primera idea que te ha asaltado y que ha provocado ese vuelco al corazón ha sido la más catastrofista. Poco probable, sí, pero posible. ¿Y si estoy en lo cierto? Que miedo, me siento aterrada solo con la idea.

Mi parte racional quiere poner objetividad al asunto: «A ver… El único dato que tengo es este detallito de nada que ha podido ser provocado por un montón de cosas. Solo una es fatal. ¿Qué probabilidad hay de que sea por esa?»

Ayudando a mi razón a convencer a mi corazón.

Pues si, es cierto, la probabilidad es baja pero… Mi corazón ha volcado, como si fuera una premonición, es algo que no pasa todos los días (por suerte).

Y después de mucho pensar, luchar cabeza y corazón, paso a la acción y hago algo: busco, llamo, pregunto… Sin miedo de mostrar mis dudas, mis pensamientos… Necesito respuestas, ¡Ya!

Y las encuentro, el corazón vuelve a su sitio y con él la tranquilidad, la rutina, la sonrisa…

Pero ese vuelco al corazón, aunque infundado, nos recuerda que eso es importante, nos anima a cuidarlo, nos reordena la lista de prioridades. Porque lo más importante no se razona, lo que de verdad importa se siente.

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